MÁS QUE MELANIE...OLIVIA DE HAVILLAND

 


En el día de la mujer, 8 de marzo, quiero rendir homenaje a una actriz que se atrevió a luchar contra el sistema establecido a riesgo de haber perdido su carrera cinematográfica. Esta es la historia de cómo una actriz acabó bautizando con su nombre una ley y, por el camino, cambió Hollywood para siempre.

Ella es OLIVIA DE HAVILLAND

“Era la cárcel más lujosa del mundo”. Así solían referirse las estrellas al Hollywood dorado, el de los años 30 y 40, regido por el llamado “sistema de estudios”. El negocio estaba controlado por grandes productoras –La Metro, la RKO, la Paramount, la Warner y la Fox–, regidas por magnates como Louis B. Mayer o Darryl Zanuck, en su mayoría emigrantes europeos que habían llegado a Estados Unidos con una mano delante y otra detrás y se habían convertido en la personificación del sueño americano. Pese a que los estudios solían pertenecer a grandes conglomerados de negocios, el poder de los magnates era casi absoluto, y manejaban la vida de sus empleados –desde los directores a los guionistas pasando por los actores- como titiriteros con sus marionetas.

Los actores estaban sujetos por los estudios a contratos estándar de siete años de duración, y eran tratados como una propiedad más de la empresa. Esto implicaba que no tenían apenas poder de decisión sobre qué papeles elegir y cuáles rechazar. El estudio se los asignaba y no se esperaba que diesen su opinión sobre el tema.

En teoría, los contratos de Hollywood duraban siete años, pero si un actor se negaba a hacer un papel porque consideraba que no encajaba con él o no le gustaba la película, la productora “le suspendía”, apartándolo del trabajo y dejándolo sin sueldo durante un tiempo indeterminado, que podía ser de unas semanas o varios meses. En la práctica, era una medida de castigo y de protección económica de los estudios.

“Estar en contrato en la Warner era como estar en Alcatraz”, había sentenciado el actor George Raft. Si llegabas tarde a un rodaje, te suspendían; si rechazabas un papel, te suspendían; si tenías una conducta “inadecuada”, te suspendían. Si una estrella estaba volviéndose “demasiado valiosa”, le ofrecían un papel por debajo de su capacidad o totalmente alejado de su estilo, con lo que la estrella se veía obligada a rechazarlo y así el estudio se aseguraba aún más su control.

Cuando transcurrieron los siete años del contrato de Olivia, la productora le indicó que tenía que trabajar seis meses más que se habían sumado a su contrato por los períodos de suspensión. Los cumplió, pero, cuando volvió para finiquitarlo, se encontró con que le sumaban nuevamente seis meses. Olivia había tenido bastante. Se plantó ante el todopoderoso Jack Warner y se atrevió a desafiarle.


Asesorada por su abogado, la actriz estudió las leyes de California, donde se estipulaba que “ningún patrón puede mantener a un empleado durante un contrato de más de siete años”. La duda estaba en si eran siete años según el calendario o siete años de trabajo real. Olivia decidió demandar a la Warner Brothers y el caso llegó a la Corte Suprema de California. El equipo del estudio presentó a la actriz como una desagradecida caprichosa que no quería trabajar y había llegado a rechazar hasta seis guiones seguidos. Olivia explicó una y otra vez ante el tribunal que esos papeles no eran adecuados para ella y que podían dañar su carrera y al mismo estudio. Con paciencia e incansable, defendió que esa interpretación de la ley según la cual los siete años eran años de trabajo-trabajo se traducía en la práctica en una semi-esclavitud.El juicio “De Havilland vs. Warner Bros.” duró dos años y medio, entre 1943 y 1946, en los que la estrella no pudo rodar una sola película ni ingresar un dólar. Antes que ella, actrices como Greta Garbo o Bette Davies habían luchado contra el sistema sólo para salir escaldadas. Estaba arriesgando todo lo que tenía: su profesión, su fama, su imagen pública, para pleitear contra lo que sabía que era un ley injusta. Finalmente, el tribunal le dio la razón a Olivia. La Warner apeló y Olivia volvió a ganar. La Warner apeló de nuevo y la Corte Suprema desestimó la apelación, dando por bueno el primer veredicto. Olivia había puesto en juego su posición pero, al conseguir la victoria, iba a cambiar las cosas para el resto de los actores. Era la “Ley De Havilland” o “Decisión De Havilland”, y así se la conoce hasta hoy en la jurisprudencia americana.

Olivia volvería a trabajar y ganaría dos oscar, uno por "La vida intima de Julia Norris" y el segundo por "La heredera".


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